Una historia de verano en un pueblo de Asturias

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Cuando voy de vacaciones con mi familia me gusta ir a sitios un poco distintos de lo que puede entenderse como “típicos de vacaciones“.

Hace ya unos años fuimos a una aldea cerca de Lastres, en Asturias. Alquilamos una pequeña casa rural donde nos habían preparado una habitación con cuatro camitas en hilera, cuando las vi, lo primero que me vino a la cabeza fueron las camitas de los siete enanitos donde Blanca Nieves se quedaba dormida en horizontal.

Yo mido casi 2 metros, asi que hice lo mismo provocando las carcajadas de mis dos hijas…a partir de ese día me bautizaron como el enano gruñón, eso me pasa por gracioso.

EL INCIDENTE


El caso es que uno de los días, después de una agotadora jornada de excursión, deje a las niñas y a mi mujer durmiendo y me marche con mi perro a ver el ambiente nocturno de Lastres.

lastres

Era una noche bastante más fría de lo normal y encima se puso a llover, así que terminamos nuestro breve paseo y nos subimos en el coche de vuelta a casa. Ambos teníamos en mente el calorcito de la acogedora habitación donde ibamos a caer en un profundo sueño mecidos por la respiración acompasada de nuestras mujercitas.

Para llegar a la aldea tenias que conducir por un angosto y serpenteante camino de tierra. Estaba muy oscuro y la lluvia se intensificó, golpeando el cristal del parabrisas  como si le estuviesen echando cubos de agua, luego la lluvia se convirtió en granizo. Lancé una mirada de soslayo a mi perro el cual no me quitaba ojo de encima como diciéndome: “te dije que no era buena idea” 

La visibilidad era nula y conducía casi por intuición, si hubiese habido arcén hubiese parado alli, pero el camino apenas excedía el ancho de mi coche y las ramas de los arboles que lo flanqueaban, golpeaban violentamente los espejos retrovisores. Entonces volví a acordarme de Blanca Nieves en el bosque y esbocé una sonrisa.

Mientras pensaba en que demonios haría si apareciese otro vehículo en dirección contraria, el coche se desniveló de mi lado, sentí un golpe en los bajos y frene en seco. Había introducido la rueda delantera izquierda en una zanja. Tras  recuperarme del susto salí a la intemperie por la puerta del acompañante para hacer una evaluación de los daños.

El granizo se cebó con mi cara nada más abrir la puerta, -vaya mes de julio– pensé.  Así que fui al maletero a recoger una de las toallas de playa para cubrirme la cabeza, mi perro me miraba fijamente desde el interior del coche, como buen westie, sus ojos lo decían todo.

LA TABERNA


Eran casi las 2 de la mañana cuando, al fin, conseguimos estar bajo techo. La única taberna de la aldea permanecía abierta a esas horas y tenía una chimenea a la que nos precipitamos Yanko y yo haciendo caso omiso a las miradas de los aldeanos concentrados allí. Todo el mundo parecía estar ya al corriente de lo acontecido durante las casi dos horas anteriores.

Taberna Lue

Había intentado salir de la zanja con la tracción trasera pero el coche no se movió y solo conseguía enterrar las ruedas de atrás en el barro. Desistí y me fui a la aldea andando para buscar ayuda, no podia dejar el coche alli ya que era la única vía de entrada y salida y no era plan de dejar incomunicada a la gente del lugar.

Decidí dejar a mi perro dentro del coche y evitarle así los golpes del granizo en su cuerpo desprotegido. El pobre debió asustarse mucho, pero era lo mejor para el.

Después de lo que me pareció una eternidad, alcancé las primeras viviendas de la aldea, estaba congelado y empapado hasta los huesos. Con la toalla puesta por encima, modo fantasma, y mis dos metros de altura, no quiero ni pensar la pinta que debía tener. Me acerqué a la primera casa que vi, estaba pegada a lo que parecía un granero con un tractor John Deere verde atravesado descuidadamente en la puerta.

La lluvia había perdido un poco de intensidad, así que me seque como pude la cara con la toalla y llamé al timbre de la vivienda.  Me abrió la puerta un hombre de avanzada edad pero de complexión fuerte y piel curtida. Al verme, su cara paso del susto a la sorpresa y de la sorpresa a la guasa, – el to yes el de Madris, ¿non?- me soltó con una sonrisilla condescendiente que arrugó aún más su cara enterrando, en un mar de piel,  sus dos pequeños y muy redondos ojos grises.

A los cinco minutos de explicarle la situación me vi subido, por primera vez en mi vida, en un tractor camino de mi coche accidentado. En total habría pasado como una hora desde que deje a mi perro solo en el coche y estaba demasiado preocupado como para disfrutar de la experiencia.

Por fortuna ya había dejado de llover cuando llegamos. No quiero ni pensar el susto de muerte que debió de darse Yanko al ver aparecer por el camino un monstruo gigante y verde que le iluminaba con sus potentes focos.

Con la eficacia de quien parece haber hecho la maniobra más de una vez, mi nuevo amigo- quien me dijo llamarse Juanlu- remolcó mi coche fuera de la zanja y me “ordenó” que le siguiera hasta la taberna donde nos encontrábamos ahora.

Envidié a mi perro cuando se tumbó en el suelo al lado de la chimenea y cerro los ojos al tiempo que lanzaba un suspiro de alivio. Tenia tanto frio que evalué seriamente tirarme a las llamas.

  • ¡Que te vas a quemar mozu!– Juanlu puso sobre la mesa un humeante cuenco de barro que contenía fabada con chorizo, un trozo de pan de hogaza y una botella de sidra. Casi me pongo a llorar de la ilusión, ni todo el oro del mundo hubiese impedido que me zampase esas fabes como si las fuesen a prohibir.

Yanko también recibió un cuenco con lo que parecían restos de cocido. No sabia como agradecerle a ese hombre lo que estaba haciendo por nosotros. Ofrecerle dinero me pareció una impertinencia, así que me limité a disfrutar de su compañía y guardar silencio.

Cuando terminé de comer ya teníamos a media aldea alrededor nuestro y Juanlu les contaba entre carcajadas nuestra pequeña aventura. Hablaban en bable por lo que entendí lo justo para darme cuenta que todos llamaban a mi rescatador “el manoplas”, yo no me había dado cuenta hasta ese momento, resulta que el mote le venia porque le faltaban todos los dedos de una mano menos el pulgar, dándole un aspecto de manopla.

Cuando Juanlu se dio cuenta de que le miraba la mano me dijo – ¿tienes tiempu?, ¿quies que te cunte la hestoria de la mio mano?- al decir esto, la gente que estaba con nosotros hizo un gesto de aburrimiento y se marchó. Debía ser una historia que mi amigo había contado ya muchas veces cansando a sus vecinos.

Yo tenia ganas de irme a mi casa, dormir y olvidarme de esa noche, pero lo menos que podía hacer en agradecimiento era escuchar lo que el manoplas me tuviese que contar. Cogí mi vaso le pedí que me escanciase sidra como dándole a entender que tenia todo el tiempo del mundo. Entonces Juanlu se puso muy serio y, en perfecto castellano, comenzó a contarme su historia, una historia que me acompañará siempre hasta que me vaya de este mundo.

LA HISTORIA DEL MANOPLAS


El manoplas, Juan Luis Montero, nació en Lastres una fría mañana de principios de diciembre de 1940. Cuando la matrona se dio cuenta de que venían gemelos, hizo una mueca de desagrado, la España de pos guerra era un mal periodo para tener un hijo, cuando menos dos.

El parto salio bien, y los dos bebes rollizos llamaban la atención por sus luminosos ojos grises y sus caritas siempre sonrientes.

El padre de las criaturas se llamaba José Antonio y había nacido en 1913 en Pajares del Puerto. Durante la guerra civil sirvió como telegrafista del ejército, profesión que a su vez  le había enseñado su padre. En el momento en el que habían nacido sus dos hijos el padre de Juanlu se ganaba la vida haciendo reparaciones y chapuzas por encargo, lo que a penas les daba para comer, así que cuando; en una calurosa tarde de junio, vio uno de esos banderines de enganche de voluntarios para la guerra de Rusia, no se lo pensó dos veces y se alistó en lo que se llamaba División Española de Voluntarios, más conocida posteriormente como División Azul.

Anuncio de alistamiento

A los divisionarios se les garantizaba un doble sueldo, cobrando el mismo sueldo que los alemanes (según el rango), y de España cobrarían la misma paga que la legión. Así mismo se ofrecían otras ventajas, como que las familias de los divisionarios cobrarían un subsidio de 7’30 pesetas, doble cartilla de racionamiento, el mantenimiento de sus derechos laborales a su vuelta, y algunas otras ventajas que daban una oportunidad de subsistencia a su familia.

Un domingo del mes de julio, Jose Antonio, junto con otros 18.000 españoles, partió en tren desde Vitoria hacia el frente ruso. Nunca regresó.

Frente Voljov

Su familia, que no pudo ir a despedirle, no tuvo noticias concretas de su paradero hasta años más tarde cuando su madre recibió una carta oficial donde se le confirmaba el fallecimiento de su marido en el frente del río Voljov y se le adjuntaba su placa de identificación militar.

Placa identidad división azul

Alemania les pagaba mensualmente una pensión de viudedad, lo que sumado a lo que ganaba su madre como profesora de piano, hacia que la familia adquiriese cierta estabilidad.

Los hermanos habían crecido con la música en sus oídos y aprendieron a tocar el piano desde muy temprana edad, demostrando una habilidad especial para ello que sorprendía hasta a su propia madre.

Pronto se ganaron el respeto y la admiración de las instituciones y empezaron a plantearse una carrera vinculada a la música. Ambos hermanos tenían el mismo sueño, ir a formarse a la prestigiosa Academia de Música Ferenc Liszt en Budapest, para lo cual ahorraban todo lo que ganaban dando conciertos, clases y tocando en bodas.

Todo parecía transcurrir adecuadamente, pero un día su madre cayó enferma de cáncer, la llevaron a los mejores médicos de la época y gastaron todos sus ahorros entre consultas y tratamiento. La mañana en que su madre ya no despertó, se dieron cuenta de que tendrían que renunciar a su sueño y que acabarían sus días  tocando en las bodas y en los teatros de la zona.

En los días posteriores José Antonio, el hermano de Juanlu, cayó en una profunda depresión y se encerró en casa, sin trabajar, saliendo solo por las noches a emborracharse por las tabernas de Lastres. Protagonizó varios escándalos hasta el punto que llego a ser arrestado por la Guardia Civil a causa de una pelea callejera que acabó con la muerte de un paisano en circunstancias aún sin esclarecer. Pronto cogieron fama de maleantes en toda la comarca  y, como quiera que eran gemelos y la gente no los dintinguia, dejaron de darle trabajo también a Juanlu.

La situación era desesperada, así que en 1962 la pareja se traslada a Mieres a trabajar en las minas. Se habían enterado de que necesitaban gente debido a las huelgas que había por entonces en el sector. José Antonio, después de un tiempo de relativa calma, comenzó otra vez a beber y tuvo que ser “rescatado” más de una vez de los bares de Mieres por su hermano.

Un día, cuando regresaba de una cita con una chica que acababa de conocer, Juanlu se encontró a su hermano colgando de la cisterna del váter a la que se había amarrado con una cuerda al cuello –Unos minutos más y no lo cuenta.

En ese momento supo que, si quería que su hermano siguiese en este mundo, tenia que tomar una decisión así que le propuso algo que le venía un tiempo rondando la cabeza.

EL ACUERDO


Trabajando en la mina, que era uno de los pocos momentos en los que su hermano estaba sobrio, Juanlu aprovechó para exponerle su idea a Jose Antonio:

  • Te propongo un trato hermano– dijo
  • Dime– contestó lastimeramente el otro sin ningún interés.
  • Te vas a la academia Ferenc Liszt tu primero. Yo, trabajando desde aquí te la costeo, luego, cuando salgas y triunfes, me toca a mi y me la pagas tu, ¿que te parece?.

Jose Antonio se quedó parado mirando al suelo, cuando por fin levantó la vista tenia los ojos impregnados en lágrimas y sellaron el trato con un abrazo tan fuerte que hizo que se les cayeran los cascos.

Todo fue según lo previsto, José Antonio a pesar de la falta de práctica, pasó las pruebas de acceso en la Academia sin ningún problema y al cabo de los años se convirtió en un afamado pianista y tenia una apretada agenda de conciertos por los más prestigiosos auditorios de Europa. Había alcanzado su sueño.

Piano

Lo antes que pudo, viajó a Mieres de vuelta a ver a su hermano y a llevárselo consigo para que siguiese sus pasos en la academia Liszt. Pero a su llegada comprobó que a Juanlu ya le llamaban el manoplas. Había perdido los cuatro dedos de la mano izquierda en una explosión durante los incidentes de la manifestación minera de 1965, al poco tiempo de haberse ido el.

  • ¿Como no me has dicho nada en todo este tiempo?– le recriminó
  • Porque, te habrías vuelto aquí, y yo estaría igual que estoy pero tu estarías muerto.

Ya amanecía cuando Yanko y yo volvimos a casa. Permanecimos en el porche viendo como el sol salia entre las montañas asturianas. La dueña de la casa nos vio y tuvo el detalle de traerme una gran taza de café sin decir una sola palabra. Se lo agradecí con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Tras el primer sorbo ya me daba el sol en la cara y sentí una paz interior indescriptible.

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